Y un día sin saberlo, alguien te quita el sexo, alguien te rompe el sueño, alguien te arranca el alma.
Con una hendidura tan fina en el abdomen, que no la ves, te sacan hasta el más mínimo alfiler.
Te drenan cosas que ni siquiera sabías que tenías.
Después de forcejeos y el sueño instantáneo, te manosean el cuerpo desnudo, con la paz metódica de los especialistas.
Te pelan, te cortan, una cocida allá, un punto, una gotita, el ablandar de la carne... y ya está.
Ya estas a salvo de lo que no querías.
Las palabras insisten, los gestos, la pantomima y sus cuidados, y seguís escuchando sin poder contestar.
Desde ahora y por un rato(quizás más) te volves un muñeco de trapo acostado
sobre una pregunta.
No queres saber que hora es, no podrías contarlas. Pero pasan. Rápido y susurrando. Se acercan y te nombran.
Como no podes hacer más que esperar, esperas. Como no podes gritar en la noche, callas.
Pero tu silencio es tan grande que se escucha. Como una sirena muda que se va intensificando, que va quebrando el vacío y
llenando el espacio.
Así trepas, así vas escalando. Y la soledad te sostiene, como un ángel en tus ruinas.
De pronto, alguien se vuelve, angustiado y perdido, en algún lugar;
y te mira.
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