domingo, 3 de enero de 2021

"Yo, Ustedes y Yo" cuento de Dalmiro Saenz (70 veces siete)

  Ustedes son tres, no es cierto, o tal vez cinco, me refiero a los miembros del jurado y desde este momento están formando parte de este relato, drama, comedia o lo que sea, de la cual mi mujer y yo somos los protagonistas y ustedes figuras secundarias, llevadas por las circunstancias a actuar en un hecho absurdo y verídico, que todavía no se ha producido, pero cuyo desenlace veo acercarse en el veloz repiqueteo de mi máquina de escribir y en los pasos de ella a través de mi cuarto con el suave balanceo de su brazo desnudo y ese acompasado movimiento de caderas en la justeza del vestido.

   Empezó todo hace muchos años, cuando nosotros, los personajes de este relato, ni sospechábamos siquiera su desenlace. Ustedes, seguramente, no llevarían en sus caras ese sello de triunfadores con que los hombres adornan sus facciones no bien se han destacado en alguna especialidad, y yo en cambio llevaba ese gesto estúpido, que recogí de mi infancia, como un recuerdo grotesco de aplazos y papelones, bromas, engaños, que jalonaron como piedras miliares los pasillos y aulas del colegio nacional y los mostradores y escritorios de mis primeros empleos. Ella en cambio no. Estaba en esa edad en que la adolescencia diluye la frescura de la niñez, en esa sólida, potencial y lejana belleza, que yo vi, y ese desgarbo lacio y cruel de su cabeza inculta. Porque la conocí a esa edad, de los catorce a los quince años, creo que iba todavía al colegio, y vivía con una especie de tía, madrina o algo así en la misma pensión que yo.

   La veía dos veces por día en el comedor, inclinada sobre su plato, ambos sumergidos en nuestro mundo de mediocre insignificancia, mientras que en las sillas contiguas a las nuestras, un conglomerado de seres bulliciosos reponían energías en una sinfónica algarabía de platos y cubiertos y un desordenado murmullo de humanidad satisfecha.

   Un día terminamos juntos de comer y subimos la escalera por la alfombra gastada, hasta el primer descanso, en donde el espejo grande nos mostró a los dos, con nuestro escasísimo capital humano, uno al lado del otro, en un grotesco desamparo, que tratamos de borrar de inmediato con un diálogo estúpido como "¿Qué tal te va en el colegio?" y ella contestando "Muy bien, señor", mientras seguíamos subiendo, escalón tras escalón, hasta el primer piso, donde estaban nuestros cuartos, cuyas puertas abrimos casi al mismo tiempo y miramos adentro el papel floreado y los techos y la mesa de luz con la mustia lamparita y el ropero y la silla y toda aquella pulcra y terrible soledad angustiosa que se extendía delante de nosotros, como un trágico símbolo de nuestra ausencia de futuro y de la realidad del presente.

  Cerramos nuestras puertas casi de inmediato y los dos volvimos al pasillo, ahora con cierto íntimo y tácito acuerdo, con ese algo que un hombre y una mujer dan de sí mismos al mirarse en los ojos por primera vez y yo entonces hice aquel gesto que después seguiría haciendo durante toda mi vida, saqué un billete de diez pesos y le dije:

        ---Anda enfrente y traete media docena de merengues de dulce de leche y los comemos acá juntos.

   Ella fue caminando, no corriendo, y volvió con el paquete blanco y su primera lección de la realidad de la vida. Porque lo noté en su cara en ese mismo momento, en su cara perpleja y su mirada marrón y ese aire de persona que acaba de realizar una transacción, un arreglo, un intercambio de algo, y sentados en el último escalón de la escalera terminamos de comer los merengues de dulce de leche, ahora sin mirarnos, sino masticando al unísono, hasta que ella se levantó y se metió en su cuarto con los cuatro pesos de vuelto en el bolsillo del delantal.

   Desde aquel día continuó el intercambio, el paquete de merengues fue el precio que yo pagaba por aquellos escasos minutos de intimidad compartida, en que los dos charlábamos y a veces reíamos mientras los pedacitos de merengue blanco se esparcían sobre mi pañuelo y las voces de los demás inquilinos en el comedor llegaban a nosotros amenguadas por la distancia, como una contusa advertencia de nuestra inadaptabilidad social, que nos unía cada vez más, porque nada une más a dos personas que el dolor o la envidia compartidos.

   Quisiera poder completar este relato con la sucesión de los hechos que nos han unido a todos nosotros, ustedes miembros del jurado, y mi mujer y yo, pero el anonimato que rodea las bases de este concurso me impidió hacerlo, porque mientras nosotros comíamos merengues en el último escalón de la escalera, una serie de circunstancias los llevaría seguramente a ustedes, tres, o cinco, o los que fueran, a tener la participación activa que están teniendo o que van a tener en este hecho en que todos estamos colaborando, con ese clásico y ancestral fatalismo de los seres humanos hacia el inentendible conglomerado de sucesos, que forman parte de esa infinitísima estada en el tiempo y en el espacio que nosotros solemos llamar nuestra vida.

   Pasaron los días y pronto los merengues la empalagaron. Una vez me dijo:

----Deja, no compres nada--- y nos quedamos charlando igual.

  No sé si ustedes comprenderán lo que sentí en ese momento, pero cuando un hombre ha estado comprando minuto a minuto del tiempo de una mujer, cuando ha estado mendigando la prolongación de un momento, dependiendo de la duración del azúcar, del huevo, del dulce de leche, encerrados en ese papel que parecía envolver la unidad de medida de mi felicidad, cuando un hombre ha desdeñado su propia persona hasta el extremo de contentarse con ser una especie de intermediario, y se entera de golpe que lo que él compraba, o creía comprar, se lo hubieran otorgado sencillamente, sin media precio alguno, entonces esa mezcla de mutua estima que es el amor, surge de golpe, como me sucedió en ese momento, y quedé enamorado, terriblemente enamorado de aquella chica de apenas quince años.

  Se lo dije al día siguiente, mientras todavía me duraba el efecto de aquella frase, sentados como siempre en el último escalón de la escalera, mientras ella escuchaba con la cabeza inclinada y su boca entreabierta que no cerró siquiera cuando la besé despacio y después dijo implacable:

--¿Y?

--¿Y qué?

--¿Y qué ganamos con eso? Vos me querés a mí porque soy la primera mujer que te hace caso. Te consideras tan poca cosa que supones que sólo yo te puedo hacer caso. Bueno, sí; te hago caso ¿y que hay?

  Y me besó con rabia en mi boca asombrada y se levantó en seguida para desaparecer en su cuarto.

   

   Nos casamos unos meses más tarde, después de esa serie de esperas y formulismos, que se concretaron al fin en el frío, sólido y casi mecánico apretón de manos con que el hombre alto del Registro Civil de la calle Aguero dio por terminada la ceremonia y una empleada gorda, de delantal blanco, nos indicaba la salida, con esa tácita y abstracta simpatía y ese ancestral y natural respeto que las mujeres ambiguas tienen hacia el amor.

   Fuimos después al hotel barato con la escalera de madera oscura y el individuo aquel de camisa a rayas y chaleco manchado, que nos devolvió la libreta de matrimonio blanca, junto con la llave de este mismo cuarto en donde ahora escribo.

   Recuerdo que cerré la puerta y apoyé mi espalda en ella un poco cansado con el peso de la valija y la miré. Tenía unos zapatos colorados de taco torcido y traje violeta, era gorda, bastante gorda, de pómulos anchos y mandíbula fuerte, la tomé por la cintura y la besé en la cara.

   Hay algo de creador en la acción del hombre, además de su anormal tendencia a la procreación, que vemos claramente cuando el simple despertar de sensaciones físicas, transforman a una mujer en forma tan notable. Lo sentí desde ese día, al soltar el primer botón de su blusa horrible y contemplar esa garganta lisa y la piel oscura y esa juventud pictórica de sus hombros llenos.

   La adoré ese día, con toda mi alma, pero mucho menos que lo que la quise al día siguiente, y al otro, y al otro, porque día a día la fui transformando , le cambié su gusto, le compré otra ropa y hasta físicamente la transformación fue enorme; adelgazó diez kilos y le enseñé a sacar provecho de sus dientes y de sus ojos lindos, le enseñé a caminar y le enseñé a pararse, la llevé de la mano por los maravillosos senderos de la propia estima. Le di todo aquello que yo no poseía, le di la fuerza de la seguridad en si misma, le traje libros y se los hice leer, la eduqué en toda forma y semana a semana contemplaba a esa mujer que yo estaba transformando, que yo estaba haciendo y que yo exigía en esas ansias inmensas de perfección insatisfecha.

   Sólo los mediocres pueden entender lo que sentí durante ese tiempo, sólo los mediocres como yo comprenderán lo que es sentir esa partícula de Dios que es el poder creador, que los hombres normales desahogan en la paternidad, o en la construcción de su futuro o en la intuitiva simpleza de la acumulación de una vida. Sólo ellos pueden entender lo que es el placer de la creación volcado en una persona adorada y cuya consecuencia es una mujer, hecha con el molde de los sueños más audaces de toda una vida insatisfecha. Sólo ellos comprenderán lo que puede sentir un hombre cuando al amor orgulloso de un padre se suma la torrencial desesperación de un amante, y la firme, imperecedera y sólida satisfacción que es el amor a si mismo, cuna, base, cúspide y tumba de ese soplo de divinidad que son los amores humanos.

   Yo en esa época tenía ahorrados sesenta mil pesos, fruto no de mi espíritu ahorrativo, sino consecuencia de no tener en qué gastarlos. Se los dediqué a ella, exclusivamente a ella, con metódica tenacidad y escrupulosa dedicación, y a veces veía asustado cómo el tiempo, la educación, la ropa y todo ese montón de pequeños detalles acumulados, la iban convirtiendo en una mujer excepcional. Se habia espigado, y lo que en un tiempo fue gordura, eran ahora armoniosísimas líneas y esa expresión de rabiosa estupidez de su adolescencia, se convirtió en una interesantísima forma de mirar y en una atractivísima sonrisa. La gracia de su cuerpo, junto con su inteligencia, le daban cierto cínico descaro voluptuoso, que me estremecía al contemplar, porque día a día veía que mi obra me superaba, que mi ambición de perfeccionamiento la alejaba cada vez más, que al desaparecer la mediocridad que nos unía, desaparecía nuestro punto de unión. Hice dos o tres intentos de ponerme a su altura que terminaron en grotescas parodias de importancia o en la vislumbre cruel de una despectiva sonrisa.

Una mañana comprendí que se precipitaba mi crisis; me estaba afeitando frente al espejo del baño, la vi pasar ya vestida y me di cuenta de que esto no podía durar, vi el abismo inmenso que había entre los dos.

   Me quedé helado de terror al verla sacar una valija de debajo de la cama. Temblando de nervios le dije apurado:

--¿Sabes una cosa?

 No me contestó.

--¿Sabes a dónde voy a ir hoy?

Tampoco me contestó.

--Te voy a comprar el tapado de leopardo que vimos el otro día.

La miré por el espejo mientras ella empujaba la valija con el piel debajo de la cama y me miraba sonriente con infinito desprecio y me dijo:

--Bueno.

   Fui al peletero y vi cómo lo ponía en la caja de cartón con papeles de seda, vi cómo doblaba esa piel con estudiada pulcritud, esa piel de animal salvaje, que un hombre desconocido, en alguna selva lejana, había seguramente acosado con sus perros para luego ultimarlo, vibrante de excitación, con la serena hombría de su brazo seguro. Llené el cheque con letra trémula y se lo entregué al otro hombre, de nariz grande y pelada brillante y ojos firmes de hombre de negocios, que había comprado esa piel cuando todavía tenía las huellas burdas del cuchillo afilado y que él había transformado en algo de muchísimo más valor gracias a la experiencia de su oficio y a su audacia de comerciante.

   Así son todos, pensé, así son todos, son los hombres fuertes, los dueños del mundo, los que tienen, los que poseen, los que se han ganado o se han formado algo que es de ellos, exclusivamente de ellos. Y me fui llorando, con la caja grande bajo mi brazo débil.

   Después fueron otras cosas: el vestido negro del escote en punta, y el anillo simple de la perla cara, y la pulsera, y el reloj, y las mil cosas con que detenía de tanto en tanto su ida definitiva. Porque la escena de la valija se repetía constantemente, cada quince o veinte días yo compraba mi próximo período de tiempo con algún regalo, como había hecho antes con los merengues en el último escalón de la escalera.

   Una vez me dijo:

--Hablemos claramente, yo estoy harta de vos. ¿Por qué querés que me quede?

--No --le dije--, no poder irte.

--No seas zonzo-- me contestó--, los dos sabemos muy bien que yo me quedo por tus regalos; el día que se te acabe la plata yo me voy.

   Entonces llorando traté de hablar, pero se me agolparon las palabras en un infructuoso intento de explicarle que podía ser, que ella era como yo mismo, que era parte de mi mismo, que era mi obra.

Me interrumpió de golpe y me dijo: --¿Cuánta plata te queda? No pude mentirle y le dije-- Dos mil pesos.

--Bueno, cuando se te acaben me voy.-- No, no. Estoy por recibir diez mil pesos muy pronto.

   No me creyó, y tuve que explicarle que esos diez mil pesos eran el premio que pensaba sacar ganando este concurso de cuentos que organiza la Sociedad de Escritores.

   Se lo tuve que explicar mientras se reía, sin comprender que mi triunfo era seguro, porque la verdad supera siempre a la ficción, porque la ficción tiene que encasillarse en la normalidad de los hechos y la verdad tiene los amplísimos horizontes de la realidad de las cosas.

   Y ahora escribo en la mesa de mi cuarto algo que ustedes, miembros del jurado, todavía no han leído, y sin embargo están leyendo, con ese poder del que escribe y del que lee de fundir el pasado y el futuro en algo que no es ni siquiera el presente, si no la consecuencia del futuro ante la presencia del pasado.

   Y ahora, todos nosotros, cooperando en este relato, mi mujer caminando por el cuarto en ese continuo deambular de las mujeres en el interior de la casa, mostrando constantemente la perfección de mi obra, y yo escribiendo y escribiendo para prolongar mi vida en unos treinta días, que es lo que calculo que me durarán los diez mil pesos, y ustedes, miembros del jurado, sentados quién sabe dónde, leyendo estas páginas y exigiéndome cada vez más, y todos nosotros enterados de lo que estamos haciendo, siguiendo línea tras línea el desenlace de los hechos, mientras mi máquina repiquetea y a veces se traba, y ella, mi mujer, se acerca y lee sobre mi hombro, y sonríe realmente divertida, y ahora se aleja, y yo sigo escribiendo, y ustedes leyendo, e imaginándonos de acuerdo al cuadro que cada uno de ustedes se ha hecho de nosotros.

   Ahora mi mujer vuelve y toma todas las páginas que hay sobre la mesa, las está leyendo, lee despacio, siempre sonriendo, voy a parar de escribir para mirarla, quiero saber su opinión, al fin y al cabo es prácticamente como si fuera yo mismo. Sí; es mi obra, absolutamente mi obra. Una vez leí que la Revolución Francesa superó a sus autores; algo así me ha pasado a mi, en los escasos dos años de matrimonio, he volcado toda una vida de sueños y aspiraciones, mi verdadera vida, la verdadera vida de todos los mediocres. Yo la he hecho, yo he sido, ella es mucho más mía que de ella misma... casi diría que ella es yo mismo.

   Ha terminado de leer, me dice algo así como:

"Vos estás loco". Después se ha ido al baño, ha cerrado la puerta, pero la abre en seguida, se asoma y me dice:

--Está bastante bien eso, pero le falta final, los cuentos tienen que tener un final inesperado, o por lo menos fuerte, los del jurado nunca te van a dar el premio por una cosa terminada así nomás.

   Eso es cierto, ustedes son así, ustedes exigen final, hechos concretos, no una simple exposición de pensamientos, no tengo más que pensar en la cara de cada uno de ustedes leyendo y leyendo. Cada palabra que mi máquina escribe en el papel es leída y después la otra, y la otra, y ustedes exigen, lo exigen, me parece estar viéndolos, tal vez no les guste participar en este hecho, pero son las circunstancias que nos han unido en este relato, son las circunstancias las que hacen que ustedes, miembros del jurado, me obliguen a mi, simple brazo ejecutor, a buscar un final...un final...un final a este relato.

   Sigo escribiendo con mi mano izquierda y con la derecha abro el cajón y saco el revólver...Ella mismo lo ha sugerido...Ella quiere un final... ustedes quieren un final. Ella ha vuelto a entrar al baño, voy a esperar que salga, cuando salga apuntaré despacio y apretaré el gatillo. Ahora abre la puerta.

   Ya terminó todo, ya este relato tiene final, ya puede ser enviado al concurso. Ya se ha ido el fotógrafo de la policía y dos hombres de blanco en una camilla se han llevado el cadáver, se han ido todos, todos, el comisario, el médico, el empleado de investigaciones y el oficial buen mozo de correaje tirante, que antes de cerrar la puerta me ha dicho: 

--Buenas noches, señora.



(De Setenta veces Siete, Dalmiro Sáenz.)