domingo, 4 de abril de 2021

Vítrea

 

Vítrea tu esperanza

es un margen en mi hoja dibujada

vítrea

como espejos que se ven distinto en la luz

que se miran únicos hermanos

así como en tu cara me observo

 

petrificada en cristal

pirámides que perdieron su forma con el tiempo

que cambiaron su estado y su elemento

cristalinas pirámides líquidas de sol

con sus eclipses terrosos y sus lunas

vaporosas y volátiles humaredas desiertas

 

dejame verte en la sombra

brillar como una perla

que se esconde en la esperanza de la esperanza misma

pandora que aún no se abrió

dejate verte adentro

de tus ojos

que prisman el mundo en cada color

no esperes desnudarte de todo

para ser fuego

no sigas ensayando el fracaso del error

yo abrazo tus puertos

siento atravesado de cielos

y nunca estoy

Uno o dos

 

Si escribiera uno o dos poemas por día

¿cuánto tiempo tardaría en abrir mis sueños

contarte el secreto, hacerlo desnudo?

¿cuántos son necesarios para dar lo que tengo

latir el pecho de adentro hacia afuera

que escuches mi mundo?

 

tal vez cuatro, o cinco

tal vez diez

tal vez no se pueden medir en números

si no en horas

en años de vida

en almas

 

¿Cuánto es necesario para que sientas lo que siento

te pongas en mis huesos

te abrigues con mi piel

mires con mis ojos

hay alguna manera en este mundo de que puedas entenderme?

¿o todo es un simulacro

un juego de intenciones que se pierden en el humo del ego

para creer que nos vemos?

 

 

yo siento y eso es lo único claro

en esta bruma de ser todos los días

y necesitar que alguien escuche

siento que me voy y me caigo

me salgo del espejo del cuerpo

me callo y presiento

que me diluyo en el misterio

no tengo formula

y no se cual es la felicidad

la intento

solo la pruebo crear

con brebajes de versos

alas que encuentro y uso

para volar

viernes, 26 de marzo de 2021

Siento sin sentido

 

Me siento a escribir

me acuesto a dormir

me levanto a vivir

cada vez que empiezo a decir

 

todas las voces guardadas se sacan

a la intemperie de quien quiera mirar

a veces una palabra es una odisea

otras solamente un compás

un par de sonidos huecos de fondo

 

la lengua se asusta, se escupe a si misma, se olvida

¿a dónde van mis rimas después de soltarlas?

en algún oído quedan

en la libertad del tiempo que vibra

en la cárcel de las rosas no vistas

 

Me siento otra vez y me siento extraño

extranjero en un mundo que siempre fue mío

no lo admito, no lo creo,

no quiero entender lo que digo

solo saber que no estoy solo

miércoles, 24 de marzo de 2021

Confinado

 Te confino a mi mundo

de infinito encapsulado
de ser invisible personal
de dolor no escrito

laberintos espejismos tejiendo ojos
antojos de poesía lúcida
musical
teoría de cuerdas que danzan en voz baja
bajo la tempestad
de esperar todo el tiempo
que un rayo me parta

Soy pararrayos de arte extinta
de religiones pasadas
creyente de lenguas muertas
mártir del mar
con una cruz en los párpados 
que me nutre de pecado y se cierra
sobre mi cabeza

no necesito hablar para escucharme
necesito sentir para sentirte
latir con el eco del misterio detrás
anidar fantasía en copas de cristal
que se rompan
bajo el peso de mi fragilidad

Llevo sombras bajo la ropa
como un heraldo de parcas
y a ellas me consagro
sacrificando el alma 
cada vez que digo una palabra

Soy congreso de versos en proceso
de purgarse a si mismos
necesito sangre en los cuadernos
cortar de cuajo

me mata la pregunta que hago cuando sueño
por eso intento seguir dormido
para morir más rápido
y olvidarme de una vez de esto que vuelve
de nuevo
a sacarme el nombre

martes, 23 de marzo de 2021

De a poco

 Ignoro si voy camino de mi perdición

sé que nací muerto y de a poco

voy aprendiendo a como estar vivo


martes, 16 de marzo de 2021

ArtE

 

Abre el papel y sale del ser. Teje la mente a través del arte. Se ve y refleja el pasaje a ese planeta. Esta en trance. Flashear es el quehacer que más prende para escapar. Se desprende de la sangre y aprende a meterse en trajes que le quedan grandes. 

Nada alcanza. Caza cada palabra perecedera y la trae a la estrella que enseña. Las letras se van al éter, dejan cables, claves para entenderse entre ellas. Va al revés de la gente. Lee al revés del mensaje. En el mar revela la verdad entera que desvela en partes. Se mata y renace eternamente. Cae. Calla al hablarse. Calma la fé a la vez que bebe de breves preseas artesanales. Exhala y sana. Cada blanca estela trae astrales parteras para despertar mañanas. Tantas maneras de aplazar la paz, tanta espera. La marea apresa la presa y trae el manjar.

Cada vez que crea, cree y recrea la anhelada frase que pretende alcanzar. Quedan haces, fases que atravesar. Calles para andar. Aletea para llegar a la meta. Desata antenas de enfermas penas en armas para cantar. Las llaves están encerradas en cadenas que arden. Altares se elevan entre entes celestes. Raptan las ganas de amarse. 

Le quedan balas en la recamara, pequeñas magas plateadas enredadas en pares de hadas. A veces atrae alhajas verbales para darle alas al karma. Destella y sella el atardecer. Mata para labrar.

 

Trascender es la tarea y la cárcel. Extraer perlas de alma para dárselas al hambre.

sábado, 6 de marzo de 2021

Para qué

 Si no te lo piden, para qué?

eso pienso

nací demasiado educado

respetuoso, restrictivo

consciente

como para meterme en la vida de los demás

cualquier cosa que haga puede alterar el delicado equilibrio de tu felicidad

y nadie quiere que se rompa la magia


Así son las cosas

y yo me muero de ganas 

de cantarte poesías

de llamarte todos los días

y que tengas ganas de hablar

que te importe lo que te diga

aunque diga cualquier cosa


Quisiera abrirte mi mundo solo con verte a los ojos

y saber que sentís lo que siento

adentro

sin necesidad de decirlo


Hay tanto me parece que podríamos unir

tantas cosas en común

pero quizás me lo imagine

porque nunca lo dijiste

entonces, si no me lo pediste

¿para qué?


Vuelvo al principio

son todas señales que puedo leer 

pero no contestar

me limito y pierdo mi animal

mi instinto

me deje domesticar hace tiempo por una civilización 

que no me representa del todo


Y ahí estas 

en la calle, en el techo, en la esquina del cuarto

dentro del ascensor

recostada en el suelo

¿y que se supone que debería hacer yo?

¿qué es lo correcto?

E-Dén

Cuando necesito una musa

te apareces al lado

me miras

revoloteas un poco

me miras

me abrazas con los ojos

y me olvido para qué quería pensar

me pierdo

en el sonido de tus alas

me quiebro

llorando cada palabra

que no puedo pronunciar


Dios mío

que hermosa esta paz

me llenas

solo con tu presencia

me llevas

flotando a otra tierra

que formamos con nuestras miradas

un escondite del alma

donde la poesía se expresa

y se nos va la cabeza

de tanto soñar


Enseñame dónde esta mi corazón

que no lo encuentro

solo se perderme en el tiempo de tu voz en el viento

dibujo tu sonrisa con temor de no volver a verla

guardando cada detalle con amor


Me faltan hojas

bocas

vidas

para decirte lo que siento

es solo un momento de sangre este cuento

no alcanza

pero te invito a leernos

jueves, 4 de marzo de 2021

Encriptado

 Quisiera que tus letras fueran mensajes en clave

solo escritos para mi

con tinta invisible

y que solo yo los pueda leer

que la conjunción de nuestros ojos fuera la combinación exacta

para abrirnos

Te leo

 

Te leo nos leemos

Eso espero
Te leo todos los días
Buscando frases ocultas y pistas secretas que pueda descifrar
Respuestas a mis preguntas
Guiños del azar o esperanzas
Lo que sea
Lo que halla
En tu huella
En la estrella
Que nos toca habitar

Te leo de adelante hacia atrás y busco hasta la ultima página
Pero nunca llego a terminar
Todavía no te alcanzo
Me pasaste por encima tan rápido
Y no creo estar a tu altura
Por eso creo.. mas y mas
Me paro sobre un verso tras otro
Hasta encontrar la medida de mi felicidad

Te leo y me interno en una red de sueños multicolor que suenan tan afinado
Sintonizo tu mundo y me dejo atrapar por el rio
Me lleva, me asfixio
Me muero y respiro
Quiero mas de ese aliento

Te leo y alimento mi niño interior
Que es lo único que tengo en la realidad caótica
Ojala me oyeras
Ojala leyeras lo que te leo entrelineas
Y no hiciera falta que fuera literal
Me gustan las metáforas
Vivo de poetizar
De apostarle a la musa
De callar y esperar

Te leo y quisiera
Que vos me leas
pero no te escucho
Por eso sigo pescando infinitos
En algún lugar del sol
A la sombra de mi húmeda habitación
Con el reloj de pulso
La espalda peleando con mi sueño
Y el fiel ventilador

Tu gota rebalsó

Tu gota rebalsó

y no fue un sueño

pero me despertó

me despegó del suelo

del duelo con mi otro

me lleno todo el latido y solo

con un verso

con un segundo de tu ser

con una partícula de aire

 

Tu gota rebalso y creo un Oasis

en el desierto de lo que solían ser mis días grises

caminando en circulos sobre un espejismo de arena

no hay camello que aguante una eternidad de éxodo

no hay palabra, no hay cuerpo

que pueda vivir toda una vida sosteniendo el silencio

adentro del reloj

mirándose al espejo

 

Tu gota me rebalso

me empapo de cuentos

historias olvidadas que ya no quería contar

hoy te las cuento

te las canto

te las muestro, a cara o cruz

aunque no te tenga enfrente

 

Tu gota impacto y me saco la muerte

que tenia escondida en los huesos

sacio mi copa, purgo el veneno

y dejo fresca hasta la ultima célula de mi portal

 

Tu gota cayó y rapto el misterio

en ojos almíbar de sol cristal

tejió el amor con hilos transparentes

que llegaron a los pies de mi cama

 

Ahora estoy enredado

inundado por el rio de tus latidos

que resuenan dentro mío

como un llamador

A lo lejos

No puedo estar tranquilo

Necesito dejar de pensarte

o me ahogo


lunes, 1 de marzo de 2021

Tus libros, tus hojas (@Desveladoenpalabras QEPD)

 Cuando se apaguen los servidores

cuando se queme la sangre

los libros tus hojas

pantallas 

celulares

cuando la tormenta estalle

y nos limpie de la tierra

se corte la energía que le da vida a tu estrella


cuando caigan los aviones

edificios en tu puerta

y no tengas una voz para decirte en guerra

cuando no haya refugios

estés perdido

escapando en el tiempo de respirar sin brillo

cuando vos y tus versos

y todo lo demás se apague

se aplaste contra la quietud del origen

y quedemos huérfanos de arte


¿a dónde iremos a parar?

a dónde quedará todo eso que hicimos

el recuerdo de que alguna vez fuimos

algo

¿quién encontrará nuestra vida?

Inhabilitado

 Dedicado a los hijos de put@ de instagram que me borraron la cuenta de poesia sin motivo 😡

Hoy me robaron un poema

o dos, o unos cuantos...

y como dice Bukowski 

no soy Shakespeare 

y puede ser que un día ya no escriba más

¿entonces a donde fue todo eso guardado

se queda en el limbo, ya no va volver?


si, me cagaron

castigo del destino o condiciones de servicio

no lo sé

algo queda, mucho perdí

otra lección más que aprender

la puta que los parió

se fueron algunos buenos, que quizás nunca recupere

como la vida como el tiempo

como las ganas de ser 


No me sobra tanto juego

tanta magia, tanta piel

como para escribirme mil veces más

o tal vez si

pero cada letra es importante


A donde van?

a donde fueron mis instantes

en los que trate de transpirar el arte por los poros del alma

llegaron o no a alguien?


entonces, cuando nos borren

como va ser?

domingo, 28 de febrero de 2021

Cuando me viste

 

Cuando cante me sonreíste

lo vi

de reojo

y yo solo deseaba no equivocarme

aunque no era importante

quizás hasta hubieras disfrutado del error

 

cante, o eso intentaba

sacar un poco de sangre

del arte

que me arma

que me hace amar al amor

buscar siempre una manera nueva de decir

sentir algo

aunque sea incomodo

aunque me sienta abrazando el aire como un loco

 

había otros

 no estábamos solos

solo estudio la forma del color

expando mi eco por la habitación

e intento llegar al mundo

salir a la superficie

 

Vos mirabas agil, frágil, sublime

buscando abrazos en los ojos

o eso es lo que creía

lo que pedia mi imaginación

 

el tiempo se termino

fuimos saliendo uno por uno con sus cosas

cerramos la puerta detrás y en el pasillo conversamos

casi sin hablar

pero esperando algo

 

algunos bajaron las escaleras

solo dos nos quedamos frente a la puerta

esperando que un botón nos bajara a tierra

a la bulliciosa realidad

 

Que mas decir ahí adentro

cuando se bajo el telón, y apretaste ese numero, equivocado

adrede o no

para que nos quedáramos en el mismo lugar

sin espejos

solo nosotros

 

 Solté un cumplido y no me anime

no quise ofenderte

pero se que falto algo ahí adentro

en ese instante de expectativa en vos

 

La puerta se abrió y se sumaron otros

salimos y el camino nos desvió

yo me quede mirando, embobado

al tren que se había ido

y yo lo deje pasar

domingo, 3 de enero de 2021

"Yo, Ustedes y Yo" cuento de Dalmiro Saenz (70 veces siete)

  Ustedes son tres, no es cierto, o tal vez cinco, me refiero a los miembros del jurado y desde este momento están formando parte de este relato, drama, comedia o lo que sea, de la cual mi mujer y yo somos los protagonistas y ustedes figuras secundarias, llevadas por las circunstancias a actuar en un hecho absurdo y verídico, que todavía no se ha producido, pero cuyo desenlace veo acercarse en el veloz repiqueteo de mi máquina de escribir y en los pasos de ella a través de mi cuarto con el suave balanceo de su brazo desnudo y ese acompasado movimiento de caderas en la justeza del vestido.

   Empezó todo hace muchos años, cuando nosotros, los personajes de este relato, ni sospechábamos siquiera su desenlace. Ustedes, seguramente, no llevarían en sus caras ese sello de triunfadores con que los hombres adornan sus facciones no bien se han destacado en alguna especialidad, y yo en cambio llevaba ese gesto estúpido, que recogí de mi infancia, como un recuerdo grotesco de aplazos y papelones, bromas, engaños, que jalonaron como piedras miliares los pasillos y aulas del colegio nacional y los mostradores y escritorios de mis primeros empleos. Ella en cambio no. Estaba en esa edad en que la adolescencia diluye la frescura de la niñez, en esa sólida, potencial y lejana belleza, que yo vi, y ese desgarbo lacio y cruel de su cabeza inculta. Porque la conocí a esa edad, de los catorce a los quince años, creo que iba todavía al colegio, y vivía con una especie de tía, madrina o algo así en la misma pensión que yo.

   La veía dos veces por día en el comedor, inclinada sobre su plato, ambos sumergidos en nuestro mundo de mediocre insignificancia, mientras que en las sillas contiguas a las nuestras, un conglomerado de seres bulliciosos reponían energías en una sinfónica algarabía de platos y cubiertos y un desordenado murmullo de humanidad satisfecha.

   Un día terminamos juntos de comer y subimos la escalera por la alfombra gastada, hasta el primer descanso, en donde el espejo grande nos mostró a los dos, con nuestro escasísimo capital humano, uno al lado del otro, en un grotesco desamparo, que tratamos de borrar de inmediato con un diálogo estúpido como "¿Qué tal te va en el colegio?" y ella contestando "Muy bien, señor", mientras seguíamos subiendo, escalón tras escalón, hasta el primer piso, donde estaban nuestros cuartos, cuyas puertas abrimos casi al mismo tiempo y miramos adentro el papel floreado y los techos y la mesa de luz con la mustia lamparita y el ropero y la silla y toda aquella pulcra y terrible soledad angustiosa que se extendía delante de nosotros, como un trágico símbolo de nuestra ausencia de futuro y de la realidad del presente.

  Cerramos nuestras puertas casi de inmediato y los dos volvimos al pasillo, ahora con cierto íntimo y tácito acuerdo, con ese algo que un hombre y una mujer dan de sí mismos al mirarse en los ojos por primera vez y yo entonces hice aquel gesto que después seguiría haciendo durante toda mi vida, saqué un billete de diez pesos y le dije:

        ---Anda enfrente y traete media docena de merengues de dulce de leche y los comemos acá juntos.

   Ella fue caminando, no corriendo, y volvió con el paquete blanco y su primera lección de la realidad de la vida. Porque lo noté en su cara en ese mismo momento, en su cara perpleja y su mirada marrón y ese aire de persona que acaba de realizar una transacción, un arreglo, un intercambio de algo, y sentados en el último escalón de la escalera terminamos de comer los merengues de dulce de leche, ahora sin mirarnos, sino masticando al unísono, hasta que ella se levantó y se metió en su cuarto con los cuatro pesos de vuelto en el bolsillo del delantal.

   Desde aquel día continuó el intercambio, el paquete de merengues fue el precio que yo pagaba por aquellos escasos minutos de intimidad compartida, en que los dos charlábamos y a veces reíamos mientras los pedacitos de merengue blanco se esparcían sobre mi pañuelo y las voces de los demás inquilinos en el comedor llegaban a nosotros amenguadas por la distancia, como una contusa advertencia de nuestra inadaptabilidad social, que nos unía cada vez más, porque nada une más a dos personas que el dolor o la envidia compartidos.

   Quisiera poder completar este relato con la sucesión de los hechos que nos han unido a todos nosotros, ustedes miembros del jurado, y mi mujer y yo, pero el anonimato que rodea las bases de este concurso me impidió hacerlo, porque mientras nosotros comíamos merengues en el último escalón de la escalera, una serie de circunstancias los llevaría seguramente a ustedes, tres, o cinco, o los que fueran, a tener la participación activa que están teniendo o que van a tener en este hecho en que todos estamos colaborando, con ese clásico y ancestral fatalismo de los seres humanos hacia el inentendible conglomerado de sucesos, que forman parte de esa infinitísima estada en el tiempo y en el espacio que nosotros solemos llamar nuestra vida.

   Pasaron los días y pronto los merengues la empalagaron. Una vez me dijo:

----Deja, no compres nada--- y nos quedamos charlando igual.

  No sé si ustedes comprenderán lo que sentí en ese momento, pero cuando un hombre ha estado comprando minuto a minuto del tiempo de una mujer, cuando ha estado mendigando la prolongación de un momento, dependiendo de la duración del azúcar, del huevo, del dulce de leche, encerrados en ese papel que parecía envolver la unidad de medida de mi felicidad, cuando un hombre ha desdeñado su propia persona hasta el extremo de contentarse con ser una especie de intermediario, y se entera de golpe que lo que él compraba, o creía comprar, se lo hubieran otorgado sencillamente, sin media precio alguno, entonces esa mezcla de mutua estima que es el amor, surge de golpe, como me sucedió en ese momento, y quedé enamorado, terriblemente enamorado de aquella chica de apenas quince años.

  Se lo dije al día siguiente, mientras todavía me duraba el efecto de aquella frase, sentados como siempre en el último escalón de la escalera, mientras ella escuchaba con la cabeza inclinada y su boca entreabierta que no cerró siquiera cuando la besé despacio y después dijo implacable:

--¿Y?

--¿Y qué?

--¿Y qué ganamos con eso? Vos me querés a mí porque soy la primera mujer que te hace caso. Te consideras tan poca cosa que supones que sólo yo te puedo hacer caso. Bueno, sí; te hago caso ¿y que hay?

  Y me besó con rabia en mi boca asombrada y se levantó en seguida para desaparecer en su cuarto.

   

   Nos casamos unos meses más tarde, después de esa serie de esperas y formulismos, que se concretaron al fin en el frío, sólido y casi mecánico apretón de manos con que el hombre alto del Registro Civil de la calle Aguero dio por terminada la ceremonia y una empleada gorda, de delantal blanco, nos indicaba la salida, con esa tácita y abstracta simpatía y ese ancestral y natural respeto que las mujeres ambiguas tienen hacia el amor.

   Fuimos después al hotel barato con la escalera de madera oscura y el individuo aquel de camisa a rayas y chaleco manchado, que nos devolvió la libreta de matrimonio blanca, junto con la llave de este mismo cuarto en donde ahora escribo.

   Recuerdo que cerré la puerta y apoyé mi espalda en ella un poco cansado con el peso de la valija y la miré. Tenía unos zapatos colorados de taco torcido y traje violeta, era gorda, bastante gorda, de pómulos anchos y mandíbula fuerte, la tomé por la cintura y la besé en la cara.

   Hay algo de creador en la acción del hombre, además de su anormal tendencia a la procreación, que vemos claramente cuando el simple despertar de sensaciones físicas, transforman a una mujer en forma tan notable. Lo sentí desde ese día, al soltar el primer botón de su blusa horrible y contemplar esa garganta lisa y la piel oscura y esa juventud pictórica de sus hombros llenos.

   La adoré ese día, con toda mi alma, pero mucho menos que lo que la quise al día siguiente, y al otro, y al otro, porque día a día la fui transformando , le cambié su gusto, le compré otra ropa y hasta físicamente la transformación fue enorme; adelgazó diez kilos y le enseñé a sacar provecho de sus dientes y de sus ojos lindos, le enseñé a caminar y le enseñé a pararse, la llevé de la mano por los maravillosos senderos de la propia estima. Le di todo aquello que yo no poseía, le di la fuerza de la seguridad en si misma, le traje libros y se los hice leer, la eduqué en toda forma y semana a semana contemplaba a esa mujer que yo estaba transformando, que yo estaba haciendo y que yo exigía en esas ansias inmensas de perfección insatisfecha.

   Sólo los mediocres pueden entender lo que sentí durante ese tiempo, sólo los mediocres como yo comprenderán lo que es sentir esa partícula de Dios que es el poder creador, que los hombres normales desahogan en la paternidad, o en la construcción de su futuro o en la intuitiva simpleza de la acumulación de una vida. Sólo ellos pueden entender lo que es el placer de la creación volcado en una persona adorada y cuya consecuencia es una mujer, hecha con el molde de los sueños más audaces de toda una vida insatisfecha. Sólo ellos comprenderán lo que puede sentir un hombre cuando al amor orgulloso de un padre se suma la torrencial desesperación de un amante, y la firme, imperecedera y sólida satisfacción que es el amor a si mismo, cuna, base, cúspide y tumba de ese soplo de divinidad que son los amores humanos.

   Yo en esa época tenía ahorrados sesenta mil pesos, fruto no de mi espíritu ahorrativo, sino consecuencia de no tener en qué gastarlos. Se los dediqué a ella, exclusivamente a ella, con metódica tenacidad y escrupulosa dedicación, y a veces veía asustado cómo el tiempo, la educación, la ropa y todo ese montón de pequeños detalles acumulados, la iban convirtiendo en una mujer excepcional. Se habia espigado, y lo que en un tiempo fue gordura, eran ahora armoniosísimas líneas y esa expresión de rabiosa estupidez de su adolescencia, se convirtió en una interesantísima forma de mirar y en una atractivísima sonrisa. La gracia de su cuerpo, junto con su inteligencia, le daban cierto cínico descaro voluptuoso, que me estremecía al contemplar, porque día a día veía que mi obra me superaba, que mi ambición de perfeccionamiento la alejaba cada vez más, que al desaparecer la mediocridad que nos unía, desaparecía nuestro punto de unión. Hice dos o tres intentos de ponerme a su altura que terminaron en grotescas parodias de importancia o en la vislumbre cruel de una despectiva sonrisa.

Una mañana comprendí que se precipitaba mi crisis; me estaba afeitando frente al espejo del baño, la vi pasar ya vestida y me di cuenta de que esto no podía durar, vi el abismo inmenso que había entre los dos.

   Me quedé helado de terror al verla sacar una valija de debajo de la cama. Temblando de nervios le dije apurado:

--¿Sabes una cosa?

 No me contestó.

--¿Sabes a dónde voy a ir hoy?

Tampoco me contestó.

--Te voy a comprar el tapado de leopardo que vimos el otro día.

La miré por el espejo mientras ella empujaba la valija con el piel debajo de la cama y me miraba sonriente con infinito desprecio y me dijo:

--Bueno.

   Fui al peletero y vi cómo lo ponía en la caja de cartón con papeles de seda, vi cómo doblaba esa piel con estudiada pulcritud, esa piel de animal salvaje, que un hombre desconocido, en alguna selva lejana, había seguramente acosado con sus perros para luego ultimarlo, vibrante de excitación, con la serena hombría de su brazo seguro. Llené el cheque con letra trémula y se lo entregué al otro hombre, de nariz grande y pelada brillante y ojos firmes de hombre de negocios, que había comprado esa piel cuando todavía tenía las huellas burdas del cuchillo afilado y que él había transformado en algo de muchísimo más valor gracias a la experiencia de su oficio y a su audacia de comerciante.

   Así son todos, pensé, así son todos, son los hombres fuertes, los dueños del mundo, los que tienen, los que poseen, los que se han ganado o se han formado algo que es de ellos, exclusivamente de ellos. Y me fui llorando, con la caja grande bajo mi brazo débil.

   Después fueron otras cosas: el vestido negro del escote en punta, y el anillo simple de la perla cara, y la pulsera, y el reloj, y las mil cosas con que detenía de tanto en tanto su ida definitiva. Porque la escena de la valija se repetía constantemente, cada quince o veinte días yo compraba mi próximo período de tiempo con algún regalo, como había hecho antes con los merengues en el último escalón de la escalera.

   Una vez me dijo:

--Hablemos claramente, yo estoy harta de vos. ¿Por qué querés que me quede?

--No --le dije--, no poder irte.

--No seas zonzo-- me contestó--, los dos sabemos muy bien que yo me quedo por tus regalos; el día que se te acabe la plata yo me voy.

   Entonces llorando traté de hablar, pero se me agolparon las palabras en un infructuoso intento de explicarle que podía ser, que ella era como yo mismo, que era parte de mi mismo, que era mi obra.

Me interrumpió de golpe y me dijo: --¿Cuánta plata te queda? No pude mentirle y le dije-- Dos mil pesos.

--Bueno, cuando se te acaben me voy.-- No, no. Estoy por recibir diez mil pesos muy pronto.

   No me creyó, y tuve que explicarle que esos diez mil pesos eran el premio que pensaba sacar ganando este concurso de cuentos que organiza la Sociedad de Escritores.

   Se lo tuve que explicar mientras se reía, sin comprender que mi triunfo era seguro, porque la verdad supera siempre a la ficción, porque la ficción tiene que encasillarse en la normalidad de los hechos y la verdad tiene los amplísimos horizontes de la realidad de las cosas.

   Y ahora escribo en la mesa de mi cuarto algo que ustedes, miembros del jurado, todavía no han leído, y sin embargo están leyendo, con ese poder del que escribe y del que lee de fundir el pasado y el futuro en algo que no es ni siquiera el presente, si no la consecuencia del futuro ante la presencia del pasado.

   Y ahora, todos nosotros, cooperando en este relato, mi mujer caminando por el cuarto en ese continuo deambular de las mujeres en el interior de la casa, mostrando constantemente la perfección de mi obra, y yo escribiendo y escribiendo para prolongar mi vida en unos treinta días, que es lo que calculo que me durarán los diez mil pesos, y ustedes, miembros del jurado, sentados quién sabe dónde, leyendo estas páginas y exigiéndome cada vez más, y todos nosotros enterados de lo que estamos haciendo, siguiendo línea tras línea el desenlace de los hechos, mientras mi máquina repiquetea y a veces se traba, y ella, mi mujer, se acerca y lee sobre mi hombro, y sonríe realmente divertida, y ahora se aleja, y yo sigo escribiendo, y ustedes leyendo, e imaginándonos de acuerdo al cuadro que cada uno de ustedes se ha hecho de nosotros.

   Ahora mi mujer vuelve y toma todas las páginas que hay sobre la mesa, las está leyendo, lee despacio, siempre sonriendo, voy a parar de escribir para mirarla, quiero saber su opinión, al fin y al cabo es prácticamente como si fuera yo mismo. Sí; es mi obra, absolutamente mi obra. Una vez leí que la Revolución Francesa superó a sus autores; algo así me ha pasado a mi, en los escasos dos años de matrimonio, he volcado toda una vida de sueños y aspiraciones, mi verdadera vida, la verdadera vida de todos los mediocres. Yo la he hecho, yo he sido, ella es mucho más mía que de ella misma... casi diría que ella es yo mismo.

   Ha terminado de leer, me dice algo así como:

"Vos estás loco". Después se ha ido al baño, ha cerrado la puerta, pero la abre en seguida, se asoma y me dice:

--Está bastante bien eso, pero le falta final, los cuentos tienen que tener un final inesperado, o por lo menos fuerte, los del jurado nunca te van a dar el premio por una cosa terminada así nomás.

   Eso es cierto, ustedes son así, ustedes exigen final, hechos concretos, no una simple exposición de pensamientos, no tengo más que pensar en la cara de cada uno de ustedes leyendo y leyendo. Cada palabra que mi máquina escribe en el papel es leída y después la otra, y la otra, y ustedes exigen, lo exigen, me parece estar viéndolos, tal vez no les guste participar en este hecho, pero son las circunstancias que nos han unido en este relato, son las circunstancias las que hacen que ustedes, miembros del jurado, me obliguen a mi, simple brazo ejecutor, a buscar un final...un final...un final a este relato.

   Sigo escribiendo con mi mano izquierda y con la derecha abro el cajón y saco el revólver...Ella mismo lo ha sugerido...Ella quiere un final... ustedes quieren un final. Ella ha vuelto a entrar al baño, voy a esperar que salga, cuando salga apuntaré despacio y apretaré el gatillo. Ahora abre la puerta.

   Ya terminó todo, ya este relato tiene final, ya puede ser enviado al concurso. Ya se ha ido el fotógrafo de la policía y dos hombres de blanco en una camilla se han llevado el cadáver, se han ido todos, todos, el comisario, el médico, el empleado de investigaciones y el oficial buen mozo de correaje tirante, que antes de cerrar la puerta me ha dicho: 

--Buenas noches, señora.



(De Setenta veces Siete, Dalmiro Sáenz.)